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sábado, noviembre 01, 2008

Los diamantes son para siempre

A ella le gustó de él la manera en la que hablaba sobre su granja de hormigas. Le pareció conmovedor que fuera tan ingenuo, que a pesar del lugar en el que vivía y de las cosas horribles que había visto, algo así le entusiasmara tanto. Ella sabía que aquello no era una evasión sino un auténtico interés. Después de eso se sentaron a fumar un cigarro.


A él le gusto de ella la manera en la que el cabello le caía sobre la frente. Le pareció que aquello era encantador, su caprichoso cabello buscaba su propio acomodo, sin que le importara que ella tratara de peinarlo. Él sabía que aquello no era un accidente sino un abierto coqueteo. Después de eso se sentaron a fumar un cigarro.

jueves, agosto 07, 2008

Se solicita chofer

Un hombre buscaba empleo como chofer. No sabía si le entusiasmaba mucho ese trabajo. Pensaba que era fácil manejar y sabía hacerlo, a su 22 años era lo único que había aprendido a hacer, además, era cierto que para todas las otras cosas era un perfecto inútil; su madre se había encargado de recordárselo cada vez.


- Eres un cretino, un mentecato y un bueno para nada, deja de estar de flojo y consigue un trabajo.


Mientras paseaba su mirada por los clasificados del periódico de esa mañana, le llamó la atención un anuncio encerrado en un cuadrito en la esquina inferior derecha, donde nadie busca empleo. Esa esquina en general no es popular.


Se solicita chofer.
Discreto.
Que conozca el poniente de la ciudad.
Horario de 7 am a 7 pm.
Referencias.
Comunicarse al 302 - 06 - 303.


Ahí acababa. Pensó que cumplía con todos los requisitos excepto el de las referencias, había perdido su último trabajo como chofer hacía seis meses. Lo despidieron porque le gustaba jugar arrancones con el coche de la patrona y un día mató a un cerdo. Siempre recordaba el momento con risas escandalosas y decía que nada hubiera pasado si el cerdo no se hubiera escapado del chiquero, además, se justificaba, no le gustaba trabajar ahí, siempre olía a abono y le quedaba lejos de su casa, fuera de la ciudad.


Cuando habló al teléfono del anuncio, le dijeron que se presentara al día siguiente con cartas de recomendación. Pensó que no sería problema y rápidamente falsificó un par con los teléfonos de sus amigos, les advirtió que estuvieran atentos por si llamaban, sólo tendrían que decir que era honorable y responsable y todo esas cosas que dicen esas cartas.


Llegó con un fólder arrugado y manchado bajo el brazo. Tenía las cartas, tenía la dirección, tenía puesta una corbata de esas delgaditas y pasadas de moda que su padre había dejado en el armario antes de abandonarlo a él y a su madre, y tocó el timbre.


Una mujer de ojos saltones le abrió la puerta. Trató de disimular su sorpresa pero no pudo, hizo un gesto de repulsión.


- ¿Tú eres el chofer?
- Sí, bueno, pues vengo a eso.
- Entra.


Era notorio el abandono de la casa, las plantas crecían neciamente pegadas a los muros, una vieja fuente llena de agua apestosa y verde, el musgo crecía en el piso, el pasto estaba alto y apenas se podía pasar entre él sin que le diera a uno en la cara.


Entraron a un salón grande y semivacío con un ventanal que daba al jardín posterior, donde un viejito con la mirada como de ratón asustado se paseaba con un machete en la mano. La luz del sol entraba por todos lados y se veía una nube de fino polvo flotando por ahí, descansado en el aire, elevándose. Apenas se escuchaba el ruido de la calle, el ruido de los coches disminuido.


- Espera aquí, ahora baja.
- Sí, aquí traigo mis cartas...


La mujer no terminó de escuchar lo que él decía y se perdió por una de las puertas de la casa. Se quedó parado en medio del salón pues no había dónde sentarse, el viejito volvió a pasar por el jardín y le dio una mirada de desconfianza. Él tímidamente agitó la mano en el aire pero el hombre lo ignoró.


Él no era un mal tipo, era un cínico y no le importaba nada mucho, pero ahora tenía que conseguir dinero para que su madre no lo molestara. Había tomado un curso de seis semanas para ser chofer y era lo único que sabía hacer. También sabía que no había que esperar mucho de la vida y que de todos modos él no estaba dispuesto a hacer mucho para ganar un poco. Su vida estaba bien como estaba y lo único que quería era que no lo jodieran.


Pensaba en todo eso cuando del piso superior de la casa se escuchó una voz con un marcado acento extranjero, apenas distinguió algunas palabras. Bajó un hombre flaco, con el cabello muy arreglado y los zapatos lustrosos. Inmediatamente pensó en los suyos, que estaban polvosos y opacos. Al pie de la escalera, el hombre se detuvo.


- ¿Es usted el chofer?
- Bueno... sí.
- Muy bien. Vámonos.
- ¿A dónde?
- Eso no le importa, usted sólo maneje.


Caminaron a la cochera, el viejito del machete abrió la puerta y él se sentó al volante, las llaves estaba pegadas. El hombre flaco se sentó en el asiento trasero, se puso unos lentes de sol y le ordenó:


- Lléveme al Panteón Militar
continuará...

jueves, julio 17, 2008

No pensé que te llevara la lluvia

Los días están cargados de una bruma densa, hay una espesa grisura en el ambiente y se ha impregnado todo de una tristeza de la que no hay manera de abstraerse. Una vieja bicicleta oxidada por el abandono y la soledad. En el aire, el aroma de tu cuerpo fresco se desvanece, el recuerdo de tu cintura breve, tus piernas largas, tus labios carnosos.


Tu mirada huidiza, la manera de contestar con monosílabos, tu ansia contenida, el deseo. Mi mano en tu espalda, te estremeces. Cómo volver a eso, se ha quedado atrás. Si quieres saberlo, todavía me duele la mano con el frío.


Una musiquita alejada, apenas sugerida, el ruido sordo de la calle, las gotas se estrellan neciamente contra la ventana, no se puede lavar la mugre, no se puede lavar la tristeza. El agua todo lo distorsiona, desdibuja los límites, junta una cosa con otra. Una opresión en el pecho, la amarga sensación de haberlo perdido todo.


Sabía que te irías pero no creí que fuera ahora, no pensé que te llevara la lluvia, no me ha dado tregua en meses, no hay peor época para irse, no te importó mojarte los zapatos. No creo que regreses con la lluvia (no creo que regreses nunca), pero por lo menos me hubiera gustado verte caminar trabajosamente entre los charcos, arrastrando tu maleta, eso, me lo debes.

miércoles, julio 09, 2008

If you have the time, and you don't mind... let me kiss you

Ha desaparecido. No hay ni el rastro. Se fue.


La primera vez que la vi me pareció una chica normal, como cualquier otra. No era fea para nada pero tampoco era bonita. Tenía los ojos pequeños y cada que se reía se le ocultaban hasta quedar dos rayitas en su cara, cuando se ponía seria, los ojos se le abrían un poco, intentaban destacarse en su rostro. Eran bonitos, no puedo recordar si eran de color pero a la distancia me parece que brillaban, había algo en su mirada que me gustaba. Como dije, no era bonita pero tenía un encanto natural, era graciosa.


Luego estaba su cara. Tenía la cara salpicada con unas pecas que la hacían parecer más niña y era blanca, sin ser pálida. Su cabello era negro y lo llevaba corto, cubriéndole las orejas, lo tenía un poco quebrado, ese corte le iba bien, le daba marco a su cara.


Ni siquiera el uniforme escolar opacaba su candor. Usaba unos zapatos muy chiquitos, como si se los hubieran quitado a una muñeca para ponérselos a ella. Siempre me causaron curiosidad, será porque me gustaba verla con una pierna flexionada contra la pared y las manos detrás de la espalda, balanceándose en un pie. Todo el tiempo hacía eso y a mí me encantaba verle.


Tenía una amiga que era una patada en el hígado, nefasta. No la dejaba sola un minuto. Recuerdo que cuando la veía del otro lado del patio prefería no acercarme si la amiga estaba encima de ella. Me daba rabia pensar que alguien tan agradable pudiera tener una amiga tan antipática. Ella también me odiaba pero se comportó dignamente cuando se dio cuenta que nadie podría interponerse entre nosotros. Un día llegó y de la nada me dijo:


- ¿Te gusta mi amiga?
- Sí
- ¿Y por qué no le hablas?
- Porque todo el tiempo estás con ella
- Y eso qué
- Que me caes mal
- Eres un pesado
- ¿Qué quieres? No me molestes
- Mira, la verdad es que tú le gustas a ella también. Me lo ha dicho varias veces.
- ¿En serio?
- Sí. ¿Quieres que le diga que te gusta?
- No
- ¿Por qué no?
- Porque no, luego yo se lo digo.
- Le voy a decir.


Y se largo a decirle. Quise matarla en ese momento pero después se lo agradecí. Cuando le dijo, ella sintió mucha vergüenza, yo también. No sabía qué hacer. Todo esto fue en el primer descanso (en mi escuela había dos descansos) y pasé las siguientes dos horas angustiado pensando en el ridículo en el que me había puesto, yo era muy chico, tenía doce años e ignoraba todo lo relacionado con las mujeres, además era tímido y pensaba que ella nunca me haría caso.


Cuando llegó el siguiente descanso me metí al baño y pensé: aquí estoy seguro, si me quedo aquí estaré a salvo. Así pasó todo el recreo y cuando sonó el timbre y el patio se fue vaciando, salí. Iba para mi salón y cuando di la vuelta para entrar al edificio me salió al paso. Ahí estaba, enfrente de mí.


No recuerdo exactamente lo que hablamos pero ella me preguntó que por qué me estaba escondiendo. Me sorprendió su acercamiento tan directo, si tomamos en cuenta que antes de eso habíamos hablado muy poco. Yo le dije que no me sentía bien. Ella me puso una mano en el hombro y me di cuenta que su cara estaba bien cerca de la mía. Antes de besarla pude notar que unos insipientes pelitos le asomaban sobre el labio. Cerré los ojos, ella también y nos dimos un beso extraordinario.


Y ahora ya no está. Apenas terminó el año escolar sus papás se la llevaron a vivir a otro lado, a otro país. La madre era de allá y tenían que irse. Ha desaparecido. No hay ni el rastro. Se fue. La escuela me parece más insoportable que nunca, mis compañeros más bobos, mis maestros más sordos.


Lo que es peor, su aliento también me abandona, cada vez es más difícil traer de la memoria su delicioso aliento, sus besos. Me atemoriza pensar que su recuerdo me deje del todo y que nunca más me vuelva a acordar de ella. Que se borre, que se desvanezca. ¿Volveré a besarla algún día? ¿Volveré a verla? ¿Se ha ido para siempre? El otro día me dijeron que a los trece años nadie puede dejar de creer en el amor, yo digo que no saben nada. Lo único que quiero es besarla, que me bese, que nos besemos.


(Inspirado parcialmente en Let me kiss you, de Morrissey)

miércoles, abril 16, 2008

Siempre que voy a cortarme el cabello me quedo un rato mirando los pelos en el piso. Voy a la peluquería cada tres meses, entonces sí es una buena cantidad la que se acumula a mis pies. El día que me toca ir no me peino, así la señorita que siempre me atiende pasa uno o dos minutos más acomodándome el cabello con sus manos. Me mira en el reflejo del espejo mientras sus dedos se pasean por mi cabeza.

- Ya lo tienes bien largo. ¿Por qué no habías venido?
- Es que he estado muy ocupado.
- ¿Cómo te lo voy a cortar?
- Como la otra vez.


Y entonces comienza. Casi no hablo con ella, no sé qué decirle. Es muy dedicada. Yo la veo por el espejo. De repente voltea y me sonríe. Es muy joven, sus brazos son muy delgados y finos. Sus manos son ágiles y graciosas. Las tijeras son una extensión de sus dedos, parece que me cortara con dedos afilados.

Cuando entré a la peluquería hoy se puso contenta. Me pasó antes de un señor gordo que iba con una señora vestida toda de amarillo y que tenía los labios rojos como un riñón colapsado. Me sonrió y mintó por mí.


- Es que él tiene cita a esta hora.

Me guiñó el ojo y ocupé la silla. Me puso las manos sobre los hombros y cuando se retiraba para tomar sus tijeras me recorrió el cuello con el índice. Luego yo puse la mano en el descansabrazos de la silla y cuando se acercó para agarrar unas tijeras, le rocé la pierna. Volteó a verme con mirada coqueta y noté una sonrisa pícara. Creo que le gusto.

Cuando terminó, la gorda con boca de riñón seguía ahí y nosotros nos despedimos largamente. Ella no quería que me fuera y yo quería seguir ahí pero ya no tenía nada qué hacer. Me quedé viendo mis pelos en el suelo un rato antes de que regresara con un mini shampoo.

- Tienes el cabello un poquito seco. Ponte este después del shampoo y mejorará.
- Muchas gracias.
- Y ya no te tardes tanto en venir.
- Vendré más seguido.


Me despidió y yo me fui pensando que es encantadora y que tres meses entre un corte y otro es demasiado.


Lo único malo es que no me gusta cómo me corta el pelo.

martes, abril 01, 2008

Exigente

Soy muy exigente conmigo mismo. Tal vez demasiado. No me permito un error. No me permito fallar. No me permito mostrar la mínima debilidad. Mi comportamiento debe ser impecable, irreprochable. Nada en mi conducta debe ser motivo de revisión. Soy mi más exigente crítico. Todo el tiempo formulo los más severos juicios hacia mi persona. Como debe ser. No acepto la condescendecia de los demás ni sus justificaciones ni su patética compasión. Pueden ahorrarse sus explicaciones, no necesito su piedad ni su hipócrita comprensión.

Saco lo mejor de mí cuando estoy al borde de las situaciones. Soy el mejor, no puedo fallar. Odio sentirme frustrado, detesto equivocarme, me desprecio cuando hago algo mal. Me causo repulsión, soy indigno de mí mismo, siempre debo aspirar a la perfección, no permitirme la debilidad ni la lástima.

He tratado de no ser tan duro conmigo mismo pero no puedo. Siempre me exijo más y más y más. Como dice la Biblia: La piedad es para el débil. Sin compasión. Sin dolor no hay nada, no hay beneficio, no hay ganancia, no hay provecho. Que los otros se conformen, yo siempre estoy dispuesto a lo que los demás renuncian.

Me criaron y me eduqué en eso, en el rigor, en la perfección, en la exigencia, en la disciplina. Me gusta llevarme al límite, al extremo, lo que me propongo, lo logro. Y si no pudiera me empeño y me empeño hasta conseguirlo, en mi mente no existe el fracaso y si llego a pensar en él o a percibir su asqueroso y nauseabundo olor, inmediatamente lo castigo, como se merece. Lo saco de mi cabeza.



En el segundo 11, la imagen mejora

lunes, marzo 17, 2008

¿Por qué me duele la cabeza?

Despiertas. Abres los ojos y antes de notar cualquier cosa sientes un agudo dolor en las sienes. La cabeza te va a explotar. Recuerdas que una de las razones por las que dejaste de beber (tanto) es la terrible cruda. Las crudas estaban llegando a un nivel en el que ya no eran manejables, la capacidad del cuerpo para recuperarse después de una borrachera ya no es la misma y dolores de cabeza como el de esta mañana te recuerdan eso. Excepto que ayer lo único que bebiste fue leche, agua y jugo de naranaja, no hay razón alcohólica para estar padeciendo este dolor de cabeza.



Recuerdas que alguien te dijo alguna vez que un día despertó en medio de la noche con un dolor de cabeza infernal y al levantarse y caminar a la cocina notó que el gas se estaba escapando. Casi se envenenaba. Piensas que estás en una situación parecida y recuerdas esa nota del periódico de hace unos meses en la que una familia completa murió intoxicada por aspirar gas. Piensas en el encabezado de la nota que anuncia tu propia muerte. Es demasiado para un lunes que uno de los primeros pensamientos del día sea algo así, por lo que decides bloquearlo. ¿Por qué me duele la cabeza?



De todos modos revisas la estufa y confirmas que el gas no se está escapando y que nunca estuviste en peligro de morir intoxicado. Por lo menos, te consuelas. ¿Por qué me duele la cabeza?



Un buen regaderazo y seguro que el dolor se irá, te animas. Cae el agua como agujas filosas en tu cabeza, no lo soportas, te quedas ahí, sin más, esperando el alivio del agua sanadora que nunca llega. Te ves en el espejo. Notas que estás más pálido que de costumbre, la boca, seca, los ojos chiquitos e inyectados, dos animales asustados tratando de ocultarse. El agua te escurre y ya es casi hora de irse. Sigues parado bajo la regadera.



Sales del baño, te alcanzas a agarrar del tubo de la toalla cuando descubres que además estás mareado, ido, débil, la cabeza no deja de dar vueltas. Te vienen náuseas, vomitas, o intentas, vomitar, las arcadas te vienen cada vez más violentas, la convulsión, los oídos a punto de reventarse. Tienes la cabeza en el excusado. Vaya manera de comenzar un lunes, piensas.


¿Por qué me duele la cabeza?


Te quedas ahí un minuto. Dos. Tres. Cuatro. Cinco Es cosa de recuperar fuerzas, te repites. Seis. Te incorporas, te limpias la boca, te sientes más sucio que antes de meterte a bañar. Ya es muy tarde. Te vistes lastimosamente, cada movimiento es un dolor agudo en la cabeza. Empiezas a recordar el sueño aquel en el que estás sentado en un bar inmundo con unas putas cínicas y enfermas. En el sueño la voz del presentador de noticias de la televisión está anunciando que en EEUU una niñera fue videograbada mientras maltrataba a un bebé de seis meses.


Pobre bebé. A él también le debe doler la cabeza, piensas. Te preguntas si no eres tú el bebé del sueño y que te duele la cabeza porque a él le duele la cabeza. Como psicoanalista estás jodido. Luego te justificas: Además, a mí no me maltrataban mis niñeras. Y aparte ¿qué significado tienen las putas? ¿por qué estoy en un bar sórdido? Si yo ni tomo (tanto). ¿Por qué me duele la cabeza?



Debes irte a trabajar, ya es muy tarde. Llegas al trabajo. Todos te dicen lo mismo.


- ¿Qué te pasó? Te ves muy mal.

- Es que no pude dormir muy bien

- ¿Por qué?

- Tuve un sueño

- ¿Y qué?

- Fue algo extraño

- ¿Una pesadilla?

- Más o menos

- Ah. ¿Y ya no pudiste volverte a dormir? Yo una vez soñé que estaba en una casa...


Regresas del trabajo y el dolor de cabeza sigue ahí. No entiendes nada. Tu departamento te parece más asfixiante que nunca, las palpitaciones en la cabeza, el corazón se cambió de lugar, ahora se hospeda en tu cabeza. Te va a explotar el corazón, te va a explotar la cabeza.

Te vas a dormir. Esperas que el dolor de cabeza se vaya, esperas que la voz en tu cabeza se calle, que deje de repetirte todo lo que te pasa. Que no me tengas que escuchar. Que no te tengas que escuchar. Ya es media noche. Te duermes pensando que mañana no te duela la cabeza.

domingo, febrero 24, 2008

Nuestro metro

Casi todos los días desde hace dos años tomo el metro para irme al trabajo. Me levanto, me baño, desayuno, me salgo, camino, entro al metro y me voy al trabajo. Odio mi trabajo y odio a casi toda la gente que trabaja ahí, pero sé que soy muy cobarde como para dejarlo. Me ofrece ciertas ventajas que me resultan bastante convenientes y he aprendido a lidiar con todos los otros inconvenientes que me plantea. Me alcanza para cubrir mis necesidades, puedo aspirar a cierta comodidad financiera, sin lujos, sin grandes posesiones materiales pero con lo suficiente para vivir.

Todos los días después de salir de mi casa me prendo un cigarro, no sé por qué fumo, odio el humo y el olor pero lo hago. Es el único cigarro que fumo en todo el día. Le doy tres o cuatro chupadas, caladas decías tú, antes de tirarlo. Siempre en el mismo lugar, ahí se acomoda junto al otro que tiré el día anterior y el anterior y el anterior, formando una montañita de cigarros muertos. Cada diez o doce días los barren todos y empieza de nuevo.

Me meto al metro y espero el tren. Un rugido ahogado se escucha cada vez más cerca hasta que está frente a mí. Entro y me siento en el mismo lugar de siempre. Nunca veo a las personas que van alrededor, me sumo en el asiento con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el piso, no me interesa mucho nada.

Luego pienso en cuando te conocí. Hace casi cuatro años de eso. Fue en el metro de nuestra ciudad. Estabas sentada frete a mí. Era otoño y aunque en nuestro metro hace calor llevabas puesto el abrigo que me gusta. La mochila en el regazo, los ojos clavados en un libro. De repente, nuestras miradas se encontraron y rápidamente tuve que voltear a otro lado, no pude aguantar tu mirada. A toda la gente que me ve en el metro le doy mi “mirada de desaprobación”, como tú le decías, pero a ti no podía aunque quisiera. Yo llevaba mi suéter favorito, el negro que después diste a la caridad porque decías que me hacía ver muy serio y pálido.

Siempre decías que no recordabas eso pero yo pienso que sí, la verdad es que te gustaba negarlo. Recuerdo que la primera vez que hablamos no fue en el metro sino casi un mes después de esa primera vez cuando me ofreciste compartir la mesa en el restaurante abajo en la calle. Fuiste muy directa cuando me dijiste que me habías visto en el metro esa mañana. Yo traté de fingir cierta indiferencia pero no lo logré. Inmediatamente sentí que enrojecía, ya sabes, nunca he sido bueno con las chicas, soy más bien tímido. Seguiste hablando y me dijiste que te gustaba ese restaurante porque siempre tenía una opción vegetariana y que además te quedaba cerca del trabajo. Yo iba ahí porque era de los pocos lugares en los que seguro no me toparía con nadie del trabajo, aunque no lo mencioné esa vez, no quería parecer antisocial.

Hablamos varias veces después de esa vez. Nos encontrábamos en la mañana en el metro y en la tarde en la comida. Te esperaba a que salieras del trabajo y te acompañaba a tu casa. A veces íbamos a tomar un café antes de ir a tu departamento porque decías que el té chai que venden en el café turco era el mejor que habías probado. Te veía coquetear con los meseros y me sentía feliz. Después caminábamos hasta tu casa por la calle que está cubierta de hojas secas porque te gustaba pisarlas.

Después todo pasó muy rápido. Pasabas algunas noches en mi casa y a veces yo me quedaba en la tuya. Me enamoré de ti. Pensé que estaríamos juntos para siempre pero no fue así. Decías que te gustaba la forma en que te abrazaba y como podías reírte de cualquier cosa cuando estabas conmigo. Decías que te gustaba mi sentido del humor. Pero te fuiste. Me dejaste solo, me abandonaste. Me anunciaste que te ibas.

- ¡Lárgate entonces! ¡No quiero volver a verte! ¡Deja de estar jodiéndole la vida a la gente! ¡No vuelvas más!
- No tiene que ser así, no lo hagas más grande de lo que es.
- Yo te quería y me traicionaste.
- No seas melodramático. Esto no es una telenovela.
- No te conozco, no sé por qué actúas así.
- Estás exagerando, siempre podremos ser amigos, yo te quiero.
- Entonces no te vayas, quédate aquí, conmigo, juntos, no tienes que irte con él, nosotros seremos felices.
- Ya no. Te quiero pero no así, no creo que debamos seguir juntos.

La última vez que nos vimos fue en tu casa. Te avisé que dejaba la ciudad. Ingenuamente te pedí que vinieras conmigo. Me despediste con un beso en la mejilla, me dijiste que me querías y cariñosamente me acariciaste la cara, luego subieron mis maletas a un taxi y entré en el. El taxi se alejaba y tú hablabas por tu celular: Ya se fue. ¿Puedes venir ahora?... Es que no quería irse, lo siento… no te enojes… OK, te espero, no tardes… Muy bien, te quiero. Adiós.

Casi todos los días desde hace dos años tomo el metro para irme al trabajo. Cada vez que me subo inevitablemente pienso en ti y en dónde estarás. A veces me ha parecido ver tu cara entre las personas que viajan pero no, siempre es alguien más. Además es otro metro, no es nuestro metro. Me da rabia pensar que desperdicié mi tiempo, que nunca me tomaste en serio, que sólo estabas conmigo porque no querías comer sola en el vegetariano, porque te daba hueva regresarte sola después del café. Tal vez debería de dejar de tomar el metro y pensar en comprar un coche.