sábado, noviembre 01, 2008
Los diamantes son para siempre
jueves, agosto 07, 2008
Se solicita chofer
jueves, julio 17, 2008
No pensé que te llevara la lluvia
miércoles, julio 09, 2008
If you have the time, and you don't mind... let me kiss you
miércoles, abril 16, 2008
martes, abril 01, 2008
Exigente
En el segundo 11, la imagen mejora
lunes, marzo 17, 2008
¿Por qué me duele la cabeza?
Recuerdas que alguien te dijo alguna vez que un día despertó en medio de la noche con un dolor de cabeza infernal y al levantarse y caminar a la cocina notó que el gas se estaba escapando. Casi se envenenaba. Piensas que estás en una situación parecida y recuerdas esa nota del periódico de hace unos meses en la que una familia completa murió intoxicada por aspirar gas. Piensas en el encabezado de la nota que anuncia tu propia muerte. Es demasiado para un lunes que uno de los primeros pensamientos del día sea algo así, por lo que decides bloquearlo. ¿Por qué me duele la cabeza?
De todos modos revisas la estufa y confirmas que el gas no se está escapando y que nunca estuviste en peligro de morir intoxicado. Por lo menos, te consuelas. ¿Por qué me duele la cabeza?
Un buen regaderazo y seguro que el dolor se irá, te animas. Cae el agua como agujas filosas en tu cabeza, no lo soportas, te quedas ahí, sin más, esperando el alivio del agua sanadora que nunca llega. Te ves en el espejo. Notas que estás más pálido que de costumbre, la boca, seca, los ojos chiquitos e inyectados, dos animales asustados tratando de ocultarse. El agua te escurre y ya es casi hora de irse. Sigues parado bajo la regadera.
Sales del baño, te alcanzas a agarrar del tubo de la toalla cuando descubres que además estás mareado, ido, débil, la cabeza no deja de dar vueltas. Te vienen náuseas, vomitas, o intentas, vomitar, las arcadas te vienen cada vez más violentas, la convulsión, los oídos a punto de reventarse. Tienes la cabeza en el excusado. Vaya manera de comenzar un lunes, piensas.
¿Por qué me duele la cabeza?
Te quedas ahí un minuto. Dos. Tres. Cuatro. Cinco Es cosa de recuperar fuerzas, te repites. Seis. Te incorporas, te limpias la boca, te sientes más sucio que antes de meterte a bañar. Ya es muy tarde. Te vistes lastimosamente, cada movimiento es un dolor agudo en la cabeza. Empiezas a recordar el sueño aquel en el que estás sentado en un bar inmundo con unas putas cínicas y enfermas. En el sueño la voz del presentador de noticias de la televisión está anunciando que en EEUU una niñera fue videograbada mientras maltrataba a un bebé de seis meses.
Pobre bebé. A él también le debe doler la cabeza, piensas. Te preguntas si no eres tú el bebé del sueño y que te duele la cabeza porque a él le duele la cabeza. Como psicoanalista estás jodido. Luego te justificas: Además, a mí no me maltrataban mis niñeras. Y aparte ¿qué significado tienen las putas? ¿por qué estoy en un bar sórdido? Si yo ni tomo (tanto). ¿Por qué me duele la cabeza?
Debes irte a trabajar, ya es muy tarde. Llegas al trabajo. Todos te dicen lo mismo.
- ¿Qué te pasó? Te ves muy mal.
- Es que no pude dormir muy bien
- ¿Por qué?
- Tuve un sueño
- ¿Y qué?
- Fue algo extraño
- ¿Una pesadilla?
- Más o menos
- Ah. ¿Y ya no pudiste volverte a dormir? Yo una vez soñé que estaba en una casa...
Regresas del trabajo y el dolor de cabeza sigue ahí. No entiendes nada. Tu departamento te parece más asfixiante que nunca, las palpitaciones en la cabeza, el corazón se cambió de lugar, ahora se hospeda en tu cabeza. Te va a explotar el corazón, te va a explotar la cabeza.
Te vas a dormir. Esperas que el dolor de cabeza se vaya, esperas que la voz en tu cabeza se calle, que deje de repetirte todo lo que te pasa. Que no me tengas que escuchar. Que no te tengas que escuchar. Ya es media noche. Te duermes pensando que mañana no te duela la cabeza.
domingo, febrero 24, 2008
Nuestro metro
Todos los días después de salir de mi casa me prendo un cigarro, no sé por qué fumo, odio el humo y el olor pero lo hago. Es el único cigarro que fumo en todo el día. Le doy tres o cuatro chupadas, caladas decías tú, antes de tirarlo. Siempre en el mismo lugar, ahí se acomoda junto al otro que tiré el día anterior y el anterior y el anterior, formando una montañita de cigarros muertos. Cada diez o doce días los barren todos y empieza de nuevo.
Me meto al metro y espero el tren. Un rugido ahogado se escucha cada vez más cerca hasta que está frente a mí. Entro y me siento en el mismo lugar de siempre. Nunca veo a las personas que van alrededor, me sumo en el asiento con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el piso, no me interesa mucho nada.
Luego pienso en cuando te conocí. Hace casi cuatro años de eso. Fue en el metro de nuestra ciudad. Estabas sentada frete a mí. Era otoño y aunque en nuestro metro hace calor llevabas puesto el abrigo que me gusta. La mochila en el regazo, los ojos clavados en un libro. De repente, nuestras miradas se encontraron y rápidamente tuve que voltear a otro lado, no pude aguantar tu mirada. A toda la gente que me ve en el metro le doy mi “mirada de desaprobación”, como tú le decías, pero a ti no podía aunque quisiera. Yo llevaba mi suéter favorito, el negro que después diste a la caridad porque decías que me hacía ver muy serio y pálido.
Siempre decías que no recordabas eso pero yo pienso que sí, la verdad es que te gustaba negarlo. Recuerdo que la primera vez que hablamos no fue en el metro sino casi un mes después de esa primera vez cuando me ofreciste compartir la mesa en el restaurante abajo en la calle. Fuiste muy directa cuando me dijiste que me habías visto en el metro esa mañana. Yo traté de fingir cierta indiferencia pero no lo logré. Inmediatamente sentí que enrojecía, ya sabes, nunca he sido bueno con las chicas, soy más bien tímido. Seguiste hablando y me dijiste que te gustaba ese restaurante porque siempre tenía una opción vegetariana y que además te quedaba cerca del trabajo. Yo iba ahí porque era de los pocos lugares en los que seguro no me toparía con nadie del trabajo, aunque no lo mencioné esa vez, no quería parecer antisocial.
Hablamos varias veces después de esa vez. Nos encontrábamos en la mañana en el metro y en la tarde en la comida. Te esperaba a que salieras del trabajo y te acompañaba a tu casa. A veces íbamos a tomar un café antes de ir a tu departamento porque decías que el té chai que venden en el café turco era el mejor que habías probado. Te veía coquetear con los meseros y me sentía feliz. Después caminábamos hasta tu casa por la calle que está cubierta de hojas secas porque te gustaba pisarlas.
Después todo pasó muy rápido. Pasabas algunas noches en mi casa y a veces yo me quedaba en la tuya. Me enamoré de ti. Pensé que estaríamos juntos para siempre pero no fue así. Decías que te gustaba la forma en que te abrazaba y como podías reírte de cualquier cosa cuando estabas conmigo. Decías que te gustaba mi sentido del humor. Pero te fuiste. Me dejaste solo, me abandonaste. Me anunciaste que te ibas.
- ¡Lárgate entonces! ¡No quiero volver a verte! ¡Deja de estar jodiéndole la vida a la gente! ¡No vuelvas más!
- No tiene que ser así, no lo hagas más grande de lo que es.
- Yo te quería y me traicionaste.
- No seas melodramático. Esto no es una telenovela.
- No te conozco, no sé por qué actúas así.
- Estás exagerando, siempre podremos ser amigos, yo te quiero.
- Entonces no te vayas, quédate aquí, conmigo, juntos, no tienes que irte con él, nosotros seremos felices.
- Ya no. Te quiero pero no así, no creo que debamos seguir juntos.
Casi todos los días desde hace dos años tomo el metro para irme al trabajo. Cada vez que me subo inevitablemente pienso en ti y en dónde estarás. A veces me ha parecido ver tu cara entre las personas que viajan pero no, siempre es alguien más. Además es otro metro, no es nuestro metro. Me da rabia pensar que desperdicié mi tiempo, que nunca me tomaste en serio, que sólo estabas conmigo porque no querías comer sola en el vegetariano, porque te daba hueva regresarte sola después del café. Tal vez debería de dejar de tomar el metro y pensar en comprar un coche.
